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(11/Oct/16) En el marco de la Expo Olavarría e invitados especialmente por INTA Olavarría, los ingenieros agrónomos Fernando Andrade y Ana Wingeyer brindaron una charla en la Sociedad Rural sobre un tema clave, como es el cambio climático. Las presentaciones hicieron énfasis en la incidencia que tiene la actividad humana en este fenómeno, proponiendo proyecciones y alternativas de solución. Ana Wingeyer y Fernando Andrade son optimistas respecto del futuro, siempre y cuando se asuman las prácticas adecuadas, tanto en lo productivo como en lo cultural. Fuente: Diario EL POPULAR. Nota: Miguel Viñuales.
El pasado jueves tuvo lugar una charla técnica de alto nivel donde se abordó una temática polémica y que no admite más dilaciones: el ya instalado cambio climático, y los desafíos a que se enfrenta la agricultura mundial a la hora de producir alimentos sin agravar más la situación ambiental.
El encuentro tuvo lugar en el predio de la Sociedad Rural, organizado por INTA en el marco de la Expo Olavarría, y contó con la presencia de un expositor reconocido internacionalmente, el ingeniero agrónomo Fernando Andrade, quien comenzó la charla refiriéndose a los desafíos que se presentan a la agricultura y dando pie a la continuación respecto del cambio climático, que estuvo a cargo de la ingeniera agrónoma Ana Wingeyer.
Andrade dejó en claro desde el vamos que se considera portador de un mensaje, que es imperioso difundir, respecto de la toma de conciencia y la responsabilidad que le cabe al ser humano en frenar el daño social y ambiental que está infringiendo al planeta, en general, dentro de lo cual la agricultura tiene un lugar puntual.

Ana Wingeyer y Fernando Andrade.
Ana Wingeyer y Fernando Andrade.

«Vamos a revisar el pasado y entender cómo al intentar satisfacer las demandas fuimos comprometiendo cada vez más el ambiente. Por eso el gran desafío es satisfacer las futuras demandas pero, por primera vez en la historia, desacoplar esto del impacto ambiental, lo cual va a requerir de toda nuestra capacidad de innovación y, sobre todo de colaboración», expresó al inicio de su análisis.
El trabajo comenzó planteando un repaso histórico del origen de la agricultura, y mostró ciertos hitos evolutivos en una tabla de gráficos muy elocuente, donde comparó el crecimiento de la producción de alimentos con un crecimiento sostenido del año ambiental, con una escala preocupante donde se necesita más de «un planeta tierra y medio» para satisfacer las demandas productivas y de colocación de residuos del modelo actual.
Esta idea central de producir lo necesario para satisfacer las necesidades, sin incrementar -e incluso, reducir- el impacto ambiental, dio pie a lo que Fernando Andrade considera los desafíos de la agricultura para los próximos cuarenta años, que no corren por separado de desafíos a nivel social y cultural.
Diferentes proyecciones de demanda alimentaria mundial, basadas en diferentes tipos de dieta, arrojan escenarios donde resulta necesario producir 200%, en un extremo, hasta la posibilidad de cierto decrecimiento en la demanda, mediante la adopción de una dieta esencialmente vegetariana, en el otro. En el punto medio, es posible un incremento del 70% asegurando una dieta adecuada si se reduce el uso de alimentos como combustible, que puede llevarse incluso al 50% con solo reducir un poco el desperdicio de los excedentes.

Un desafío triple
En este marco, según Andrade, la agricultura a nivel global tiene por desafíos producir lo que resulte necesario sin valerse de mayores extensiones de superficie, y sin utilizar irracionalmente agroquímicos, pesticidas y otras sustancias que impactan negativamente en el ambiente. El punto es ser más eficientes en el uso de los recursos e insumos disponibles, logrando mejores rendimientos en una adecuada relación área-tiempo.
El tercer eje que integra los desafíos es la erradicación de la pobreza, lo cual debe acompañarse de decisiones políticas relacionadas con el reparto equitativo de los alimentos disponibles, cuestión que debe ser abordada en conjunto con una producción eficiente y de bajo impacto.
«Vivimos en un mundo desparejo, donde el problema pasa únicamente por la producción de los alimentos en sí, sino por la disponibilidad de los mismos y la posibilidad de acceder a ellos», explicó comparando las necesidades y disponibilidades de una familia en Estados Unidos o Europa, y otra del Ecuador o Africa subsahariana, donde unas imágenes proyectadas de personas de los diferentes lugares impactaron a los asistentes.
Andrade considera que la humanidad cuenta de manera natural con la herramienta necesaria para afrontar la situación, que es el innato espíritu innovador y colaborador del ser humano. Según el investigador, somos naturalmente innovadores y eso es lo que ha permitido históricamente el progreso humano en todos los órdenes, más allá de que hemos llegado a un punto donde es necesario un viraje.
Por otra parte, planteó la cuestión de que somos colaboradores de manera innata, pero investigaciones sociológicas demuestran que a medida que crecemos empezamos a separar grupos de pertenencia, donde colaboramos con «nuestro grupo», mientras que competimos con «el otro». En este sentido, y como cierre de su presentación, propuso un cambio de paradigma donde se considere a la humanidad entera como un solo gran grupo, en el cual se aprenda a colaborar espontáneamente.
El trabajo de Andrade al respecto está contenido en un libro de distribución gratuita y disponible para su descarga en formato PDF accediendo al siguiente link: http://inta.gob.ar/documentos/los-desafios-de-la-agricultura.

El cambio climático
Luego de la exposición de Andrade, llegó el turno de la ingeniera agrónoma Ana Wingeyer, que retomó la cuestión enfocándola desde el punto de vista del cambio climático, tanto a nivel global como a nivel del impacto que está teniendo en los sistemas agroproductivos pampeanos.
La presentación de Wingeyer muestra un modelo circular donde el calentamiento global producido por el incremento de los gases de efecto invernadero afectan los sistemas productivos, los cuales a la vez producen emisiones que impactan en el ambiente aumentando el calentamiento. Al igual que el trabajo de Andrade, hace un repaso de ciertas circunstancias pasadas y proyecta la estimación hacia el futuro, avanzando hasta 2099, evaluando el impacto del clima en las más diversas producciones, desde cítricos y olivos, hasta cereales y pasturas.
Las tendencias generales que recoge el trabajo de Ana Wingeyer, basadas en las investigaciones de los diversos departamentos especializados de INTA y del Centro de Investigación del Mar y la Atmósfera, permiten evaluar diversos escenarios posibles, que pueden nuclearse en dos tendencias básicas: que la actividad humana asuma la responsabilidad de moderar o disminuir las emisiones de gases, o seguir funcionando como hasta ahora.
Aunque se espera que la temperatura suba de todas maneras, y que el cambio climático siga teniendo lugar, un modelo basado en la moderación o reducción generaría un impacto mucho menor.
Los riesgos asociados al cambio climático en la región húmeda para el incluyen el incremento de la temperatura media, mayor cantidad de olas de calor y de las llamadas noches tropicales, que son aquellas que por ser la temperatura mayor a 20 grados no permiten un alivio del estrés térmico del día. También se espera, sobre todo de mediados de siglo en adelante, un incremento en las temperaturas extremas, y precipitaciones extremas más intensas, aunque disminuyendo las lluvias de invierno.
Más allá de estas proyecciones, Wingeyer menciona que algunos puntos como las temperaturas, cultivos favorecidos, etc., permiten hacer ciertas elaboraciones, pero las lluvias son un tema aparte, pues no ha logrado realizar ninguna estimación respecto de su incremento o disminución concreto, solo pudiendo afirmarse que se irán caracterizando cada vez más por su erraticidad e intensidad en los casos extremos.

A favor de la corriente
En su esquema circular triple, Ana Wingeyer propone como un modelo de solución valerse del impacto que tienen los sistemas agroproductivos, el calentamiento global y el cambio climático, para moverse a favor de la corriente y acompañar el proceso. Un círculo vicioso implica dificultades y pérdidas en implantación y desarrollo de los cultivos en general, con impactos negativos en cuanto a sanidad y una repercusión obligada en rinde, calidad y dificultad de cosecha. La cuestión es revertir el ciclo y hacerlo benigno.
En primer lugar, los agroecosistemas debieran orientarse a mitigar en la medida de lo posible el calentamiento global, intentando evitar las emisiones de gases disminuyendo la remoción del suelo, y sincronizando la oferta y demanda de nitrógeno, pudiendo para ello recurrirse a los aditivos disponibles. También propone erradicar prácticas como la quema de residuos, algo no muy habitual en esta zona pero si en otros lugares, y reducir anegamientos producidos por riego y precipitaciones.
El cambio climático ya instalado obliga, a su vez, a que los sistemas se adapten para funcionar eficientemente en el marco dado. Para ello, es necesario adoptar prácticas culturales adecuadas y desarrollar materiales genéticos adaptados a las nuevas condiciones, elaborando sistemas de alerta eficientes y manejos adecuados posteriores a la cosecha. La idea es que la actividad humana logre compensar el daño infringido, lo cual puede lograrse en parte mediante la incorporación de cultivos de cobertura vivos, incrementando la producción de biomasa y la materia orgánica en el suelo.
Por todo esto, Ana Wingeyer considera necesario el rediseño de los sistemas, pensando mecanismos eficientes en cuanto a producción, reciclado y regulación. La gran herramienta disponible para esta adaptación y rediseño es la tecnología de procesos, el manejo.
Frente a los aumentos de temperatura, deberán utilizarse materiales genéticamente tolerantes al estrés térmico, y adecuarse las fechas de siembra y los ciclos de los cultivos. Ante el cambio en el régimen pluviométrico, donde habrá lluvias más intensas y torrenciales, caracterizadas por la erraticidad y períodos de sequía e inundaciones, la solución estará en garantizar la cobertura del suelo en tiempo y superficie, manejando de manera eficiente el escurrimiento, establecer sistemas de alerta y cuidando el manejo de los nutrientes.

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