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Brasil es otro jugador importante a nivel mundial, como la Argentina, que busca seguir incrementando la producción de alimentos, fibras y biocombustibles para una población mundial que se estima de 9.000 millones para 2050. Pero con un foco creciente en la sustentabilidad.

 

Por eso, en este país viene expandiéndose una triple integración: agrícola-ganadera-forestal, en una innovadora práctica en la que utilizan, dentro del mismo lote, diversos sistemas productivos, optimizando el uso de la tierra y promoviendo la recuperación de los suelos degradados.

 

Clarín Rural visitó esas experiencias, promovidas por la red de fomento llamada ILPF, que fue creada por una iniciativa público-privada, que integran el Embrapa (como el INTA brasilero) y la cooperativa agroindustrial Cocamar, John Deere y varias empresas más.

 

¿De qué se trata la integración?. Consiste en una mayor intensifición en la rotación: se siembra la soja de primera, luego se agrega un maíz de segunda pero consociada con pasturas, realizando la siembra en conjunto. Así, cuando se cosecha el cereal, los animales pueden ingresar al lote para pastorear la pastura. Y en las zonas más marginales, se explota la forestación para la producción de madera y energía. Aquí, también se agregan pasturas consociadas.

 

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Un lote de maíz consociado con la pastura brachiaria, a punto de 

cosecharse

 

“Con esta integración, se produce la misma cantidad de alimentos en un área seis veces menor que en un sistema convencional con una rotación soja/maíz)”, aseguró a Clarín Rural Paul Herrmann, presidente de John Deere para Brasil, quien también preside la red de promoción de ILPF.

 

Para el ejecutivo, esta integración es la tercera revolución agrícola de la zona tropical. La primera, recordó, se dio en la década del 70, cuando comenzó la siembra directa. Veinte años después, se produjo la segunda revolución agrícola, que fue la introducción de la segunda siembra en un mismo lote.

 

Esta técnica es utilizada en las regiones tropicales de Brasil, que incluye a la zona de Los Cerrados. Según explicó Herrmann, 40 años atrás era considerada una región no apta para la producción agropecuaria porque tenía mucha arena y aluminio y los suelos eran pobres con poca fertilidad, además de estar atravesada por bosque tupidos. Pero cuando se construye Brasilia en 1960, sostuvo, hay un movimiento hacia el centro del país que favoreció que se comiencen a explorar estas tierras.

 

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El ganado come la pastura en un lote sembrado con

eucaliptos, en Ipamerí.

 

La integración agrícola-ganadera-forestal es una respuesta a los planes presentados por parte de Brasil en la 21º conferencia del Clima (COP 21) realizada en Francia a fines del año pasado: los brasileños quieren reducir la deforestación y las emisiones de gases de efecto invernadero y en eso el sector agropecuario tiene mucho para aportar, porque es responsable del 37% de las emisiones de gases que provocan el calentamiento global.

 

Según William Marchió, director ejecutivo de la red de fomento de la ILPF, en Brasil se utilizan actualmente cerca de 70 millones de hectáreas para la agricultura. Sin embargo, hay alrededor de otras 67 millones de hectáreas potenciales en esta región. “Tenemos otro Brasil agrícola posible”, sintetizó.

 

Puntualmente, esta integración es posible en Los Cerrados, con temperaturas promedio que oscilan los 30 grados y las lluvias medias son de 1.600 milímetros anuales. Con estas características, Goiás y Minas Gerais son los dos estados con mayor proyección para incrementar el área. Pero también los estados de San Pablo, Mato Grosso, Río Grande del Sur y Paraná pueden crecer considerablemente. Actualmente, hay entre 3 y 5 millones de hectáreas sembradas con esta integración, que comenzó en 2006, dijeron los referentes.

 

William Marchió (dirige la red que fomenta la integración de

actividades) bajo los árboles y con la hacienda, en Goiás.

 

Este sistema, según destacó Herrmann, se puede aplicar también en el norte de Argentina, cerca de Bolivia, que tiene condiciones parecidas a Los Cerrados. “Y en Paraguay, Colombia y Bolivia”, agregó. El principal beneficio, según Marchió, es que dentro de una misma campaña hay más producción de carne y grano, por lo que el productor logra una mayor rentabilidad. Además aporta sustentabilidad ambiental, social y económica. En este sentido, se mejoran las propiedades físicas, químicas y biológicas del suelo y se reduce la emisión de gases de efecto invernadero.

 

La materia orgánica de los suelos aumenta 1.000 kilos por hectárea con la integración de pasturas con maíz. Asimismo, se reducen el impacto de plagas, enfermedades y malezas en los cultivos, dijeron.

 

Como ejemplo, Marchió dio detalles puntuales: en un sistema tradicional el productor sojero obtiene 2.700 kilos por hectárea. Y el que integra estas tecnologías cosecha casi 4.000 kilos por hectárea. Otro ejemplo es el maíz. En el de primera obtienen 8.500 kilos por hectárea y en el de segunda 7.200 kilos por hectárea. En los sistemas tradicionales, en cambio, la mitad.

 

Paul Herrmann, presidente de John Deere en Brasil. Es un fuerte

impulsor del sistema.

 

Para graficar este esquema, Marize Porto Costa, una productora de Ipamerí, ciudad del estado de Goias, contó su caso.

 

Comenzó hace 10 años con esta integración en una zona en la que llueve una media de 1.500 milímetros y las temperaturas promedian los 30 grados. La productora se hizo cargo de “Santa Brigada”, un campo de 3.000 hectáreas, luego del fallecimiento de su marido. Odontóloga de profesión, el campo caminaba para el abandono, como los de los vecinos, porque los suelos estaban en su mayoría degradados. Pero tras recurrir al Embrapa, en 2006 comenzó la integración de la agricultura, la ganadería y la forestación, y los resultados están a la vista.

 

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Marize Porto Costa comenzó la integración en el 2006 en su

campo de Ipamerí.

 

Desde la campaña 2006/07 a la 2015/16, la producción de soja pasó de 2.700 a 3.900 kilos por hectárea. La productividad del maíz pasó de 5.400 a 11.400 kilos por hectárea. Y pasó de 1 vaca a 4 vacas por hectárea y la producción de 69 a 730 kilo/hectárea/año de carne.

 

El sistema se basa en una primera siembra a fines de octubre de soja y maíz consociada con brachiaria. Una vez cosechados estos dos cultivos, cada lote toma un rumbo distinto. En el que había soja, se siembra un cultivo de segunda (maíz, girasol o sorgo) con brachiaria. Y en los lotes en los que estaba el maíz de primera ubican al ganado, para que pastoreen el forraje. Y de paso, se aprovecha el estiercol como abono orgánico para los suelos.

 

“La brachiaria ayuda a extraer los nutrientes por sus profundas raíces, que luego serán usados por los cultivos”, describió Costa.

 

La clave del sistema, según la productora, es la cobertura de los suelos, ya que ayuda a cubrirlo del pisoteo de los animales y protege la mineralización de la materia orgánica por las altas temperaturas.

 

Baldissera Paranhos hace 5 cultivos en dos años en su campo

de San Pablo.

 

Hablando de animales, la productora comentó que explota la raza Milore, que es más rústica y se adapta bien al clima del Cerrado brasilero. Y la plantación que posee es de eucaliptos, consociada con brachiaria o soja, maíz o girasol. Y, después de seis o siete años, comercializa la madera. Además, los árboles sirven de sombra para que el ganado tenga mayor confort.

 

Por su parte, Elizana Baldissera Paranhos, una productora de Capao Bonito, localidad ubicada en el estado de San Pablo, mostró cómo incrementó el rinde por hectárea a partir de una rotación más intensa y la aplicación de tecnología. La productora siembra cinco cultivos en dos años: comienza con soja en octubre, luego siembra maíz en febrero, feijao en agosto, luego vuelve a soja en diciembre y concluye con trigo. Así, obtiene en promedio 4.500 kilos por hectárea Y en un lote demostrativo, obtuvo una media de 7.320 kilos por hectárea.

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