

Juan Félix Rosetti: levantó un acopio a los 19, creó el lugar que elige Messi y destaca que invertir en el kirchnerismo era como "darle plata a un hijo para droga"





A los 19 años sufrió la pérdida de su padre y se convirtió en emprendedor agropecuario e inmobiliario. Fue entonces cuando el empresario Juan Félix Rossetti tomó las riendas del negocio familiar y construyó una planta de silos en la localidad de Funes.
Juan Félix Rossetti en La Huella
"Cuando falleció mi padre, yo tenía 19 años y creamos la planta de silos para acopio y acondicionamiento de cereales acá, en Funes", recordó el productor. En ese escenario nacional, relató que vender el cereal y cobrar el acondicionamiento a los 15 días resultaba el peor negocio posible debido a que la escalada inflacionaria desvalorizaba el dinero rápidamente.
Rossetti tiene su oficina en el establecimiento de silo que marcó su crecimiento. En ella exhibe con orgullo sus Funko Pop, mini Milei y Trump.
Un negocio le salió mal y estuvo cerca de perder todo, pero pudo recuperarse. Ahora es un referente agropecuario, trabaja más de de 2000 hectáreas y maneja 1000 madres bajo ciclo completo, llegando a tener hasta 2500 cabezas.
También transformó el antiguo casco de su estancia en el exclusivo Kentucky Club de Campo, barrio privado, en el que vive Lionel Messi cuando viene a la Argentina.
Se define libertario y banca a Milei. Cuestionó a los gobiernos kirchneristas y aseguró que ese modelo saqueó sistemáticamente la rentabilidad del sector hasta llevarlo a la situación actual. "Uno sentía que, si creaba riqueza, estaba alimentando al mismo sistema que después se la iba a quitar. Era como darle plata a un hijo para que compre droga", dijo para graficar la situación.

¿Te identificás como productor agropecuario o como desarrollador inmobiliario?
Mitad y mitad. Mi pasión siempre fue la parte agropecuaria, sobre todo la ganadera. La evolución económica vino de la mano de los desarrollos inmobiliarios. Nuestra empresa siempre se dedicó al negocio inmobiliario en la región de Rosario.
¿Se combinan bien ambas actividades?
Sí, muy bien. De hecho, hicimos el Kentucky Club de Campo. Transformamos el casco de lo que era nuestra estancia, acá en Funes, en un barrio privado. En nuestro caso hay una gran sinergia. Siempre trabajamos con muchas tierras suburbanas y esas tierras van mutando hacia un ámbito urbano por el crecimiento natural de la población.
Cuando ideaste Kentucky, esta zona todavía se podía cultivar tranquilamente. ¿Qué viste en ese momento?
La estancia es parte de la familia desde 1945. Era lo que se llamaba "la granja de Nenucho", que mi abuelo compró ese año. Cuando falleció mi padre, yo tenía 19 años y creamos la planta de silos para acopio y acondicionamiento de cereales acá, en Funes. En ese momento todavía no existía la autopista Rosario-Córdoba. Después, durante la presidencia de Menem, comenzó la construcción de la autopista Rosario-Córdoba y también empezaron los desarrollos inmobiliarios en zonas como Pilar, en Buenos Aires. Con la mejora de la infraestructura, de la energía y de las comunicaciones, Funes quedó mucho más cerca de Rosario. Fue una evolución que acompañó a los años noventa y generó una explosión muy importante de todo el desarrollo suburbano. Luego hubo una segunda ola, después de la pandemia. El encierro hizo que la gente valorara mucho más vivir en áreas periurbanas, con espacios verdes y jardines.
¿Qué aspectos positivos y negativos ves en cada actividad? ¿Cuál te genera más dolores de cabeza?
Son dos sectores que nosotros complementamos bastante, pero son muy distintos. Todos los días vos jugás una partida y el Estado y el clima juegan otra. Entonces, permanentemente te tenés que adaptar. En este país hemos tenido muchísimas variaciones de gobierno e, incluso, políticas directamente saqueadoras, sobre todo para el sector agropecuario. Algunas todavía perduran, aunque están en declive. Lo único que falta es que terminen de eliminar los derechos de exportación, que son uno de los mayores robos que el Estado le hace al campo.
¿Cómo arrancaste?
Empecé a los 19 años porque mi padre falleció a los 50. En ese momento hicimos la planta de cereales. Viví toda la época de Alfonsín y la hiperinflación. Había momentos en los que vender cereal y cobrar el acondicionamiento quince días después era peor negocio que esperar para cobrar, porque la inflación se llevaba todo. El argentino siempre tuvo que adaptarse a las circunstancias y buscar la manera de sobrevivir. El agro atravesó muchas situaciones de ese tipo. A principios de los años noventa vivimos una transición parecida a la actual, aunque mucho más complicada. Prácticamente todos los campos estaban hipotecados con el Banco Nación. El crédito lo daban los propios acopios y, además, había precios internacionales muy bajos. Fue una etapa muy difícil para el campo. Después llegó la época de Kirchner, que saqueó sistemáticamente la rentabilidad del sector hasta llevarlo a la situación actual.
Hoy el campo argentino está desfinanciado, desinvertido y, sin embargo, tiene un potencial enorme. Eso se ve claramente cuando uno compara el crecimiento del agro brasileño con el argentino durante los últimos 25 años. Ellos nunca tuvieron la presión tributaria que soportamos nosotros. Tenemos maquinaria obsoleta, con muchos años de antigüedad; no hemos refertilizado los suelos; usamos los recursos del campo para subsistir; hay poca tecnología y ni hablar de las malas vías de comunicación.
¿Y cuáles son los dolores de cabeza del desarrollo inmobiliario?
El desarrollo inmobiliario tuvo un boom en los años noventa con los clubes de campo y los barrios cerrados. También depende mucho del contexto del país. En aquel momento, gracias a la estabilidad, podíamos vender con anticipo y cuotas fijas, sin interés y en dólares. Eso generaba un flujo de fondos que permitía financiar nuevos proyectos, ya fuera con crédito bancario o privado. Volvemos al mismo problema: cuando hay inflación, el mercado inmobiliario termina funcionando prácticamente de contado. No hay crédito ni financiación. Se necesitan tasas bajas y salarios que permitan cumplir con las cuotas. Creo que hoy la Argentina está yendo en ese rumbo. Tengo mucha confianza y estoy totalmente convencido de que es el camino correcto para que el país retome definitivamente la senda del crecimiento.
¿Qué ves de la situación actual de la Argentina?
Estamos atravesando un momento de transición. Muchos sectores que cazaban en el zoológico, que no eran viables, van a desaparecer. Otros sectores están creciendo. Creo que la Argentina va a ser energía, petróleo, gas, servicios, agro e industria del conocimiento. Estamos avanzando hacia un modelo lógico y meritocrático. Vamos a tener que competir con el mundo y adaptarnos a aquello en lo que realmente somos competitivos, y no insistir con actividades en las que no lo somos, como fabricar celulares en el sur.
¿Creés que todos tienen acceso a las mismas herramientas para competir?
Lo que está haciendo el gobierno de Javier Milei, al ser un gobierno libertario, es tratar de darle la mayor libertad posible a la gente y sacarle el pie del Estado de encima. También busca devolver los derechos individuales, pero eso implica responsabilidad: cada uno debe hacerse responsable de sus actos. Lo más importante es que la persona tenga el principal derecho, que es el de actuar, hacer y que nadie la frene. Creo que esa libertad va a permitir que mucha gente se desarrolle. También hay que tener una mirada amplia para detectar dónde están las oportunidades. Muchos dicen que no hay trabajo, pero trabajo hay. Lo que no se consiguen son oficios como plomeros o electricistas. Acá hay que dar la batalla cultural del trabajo. La gente tiene que entender que trabajar es ser útil y que la sociedad termina devolviéndote, en beneficios, aquello que vos aportás.
¿Cómo se debería concretar ese proceso?
Creo que el camino es achicar el Estado para que deje de asfixiarnos con la presión impositiva y ese dinero quede en el bolsillo de la gente. Así cada uno puede desarrollarse individualmente.
¿Cómo arrancó tu familia?
Mi abuelo era de Barrancas. Quedó huérfano de padre muy chico porque murió durante la gripe española. Empezó trabajando en el sistema bancario y, más tarde, junto con unos amigos, creó la Lotería de Santa Fe. Al principio no les fue bien, pero él perseveró y terminó desarrollando un emprendimiento muy importante con la Lotería de Santa Fe y también con la Lotería Chaqueña. En la década del 70 hubo cambios. Mi abuelo decidió no participar de un proceso que él consideraba una pseudoprivatización de la lotería. En ese momento la concesión estaba en sus manos y él era quien pagaba los premios. No se presentó y dejó la Lotería de Santa Fe, que luego pasó a ser estatal. Muchos agencieros tradicionales de Rosario habían sido empleados de la lotería en esa época. Después desarrolló distintos emprendimientos, principalmente inmobiliarios. Compró terrenos suburbanos y campos en Funes, Correa y otras zonas. Siempre tuvo una mirada puesta en el desarrollo inmobiliario. En los años 70 se hicieron muchos loteos en Rosario, en un contexto de estabilidad económica. Los loteos permitían vender terrenos en cuotas, la gente podía acceder a un lote, construir su casa y era un mecanismo muy importante de crecimiento, sobre todo porque no existía un crédito bancario accesible y de largo plazo.
¿Y cuándo se incorpora la actividad agropecuaria a la empresa familiar?
En realidad, desde 1945. Ese año mi abuelo compró el campo de Funes.
¿Lo compró como inversión o para producir?
Como inversión, pero también producía. Se sembraba y había actividad ganadera. En ese campo también estaba Kentucky. El nombre viene del haras que se llamaba Kentucky. De ahí tomamos el nombre para el barrio. Cuando se desarrolló el proyecto se destinaron 242 hectáreas al barrio y el casco del establecimiento quedó con el resto de las hectáreas ganaderas. Después, con el crecimiento de la empresa y las ganancias, fuimos ampliando la superficie. Hoy tenemos campos en distintos lugares.
¿Cuántas hectáreas trabajan actualmente?
Acá trabajamos unas 2.000 hectáreas mixtas. También tenemos producción en la zona de Las Rosas y hasta hace poco explotaciones ganaderas en Formosa. Esa actividad la dejamos por una cuestión de logística y de tiempo.
¿Qué recordás de tu primera relación con el campo?
Yo estudiaba una carrera de dos años vinculada al agro, pero no llegué a recibirme porque en el medio falleció mi padre. Entonces me dediqué de lleno al campo. Era una época en la que empezaban a difundirse el boyero eléctrico, la rotación de potreros, la estacionalidad de los servicios en ganadería y también aparecía la soja. Cuando falleció mi padre instalamos la planta de cereales en Funes y eso nos permitió tener mucho contacto con los productores de toda la zona. Entre 1992 y 1994 atravesamos momentos económicos muy difíciles. Nunca entramos en concurso, pero tuvimos problemas serios. Fue una crisis muy fuerte para todo el campo. La rentabilidad era bajísima, prácticamente todos estaban fundidos y los campos no valían nada. Después llegó la recuperación y comenzó otra etapa. Recuerdo que había productores que seguían trabajando con una cosechadora muy vieja y era inviable. Había que dar el salto tecnológico y buscar escala. Algo parecido a lo que ocurre hoy, aunque en aquel momento fue mucho más agresivo. Hoy también hay que buscar eficiencia porque ya no se puede pretender vivir con cien hectáreas.
Hablabas del momento en que falleció tu padre. ¿Cómo fue asumir tantas responsabilidades con apenas 19 años?
Yo tenía 19 años. Mi familia tenía muchas propiedades, pero no una empresa funcionando. Por eso creamos la planta de cereales; fue una sociedad que nació en ese momento. Más adelante llegaron también los desarrollos inmobiliarios. Nuestro primer emprendimiento importante fue Altos de Mendoza, un loteo ubicado en Mendoza y Donado, de unos 500 lotes que se vendieron en cuotas. Ese proyecto nos dio muy buena caja y flujo de fondos para iniciar nuevos emprendimientos y también para resolver algunos problemas financieros que teníamos vinculados al negocio cerealero. En esa época desapareció la Junta Nacional de Granos. La Junta tenía un mecanismo de garantía —el famoso 1825— que protegía las operaciones. Si un comprador no cumplía, la Junta respondía. Cuando desapareció, ese sistema fue reemplazado por las cartas garantía de los corredores. Es decir, el propio corredor garantizaba la operación de sus clientes. Ahí nosotros tuvimos un problema importante. Un cliente de Córdoba, al que habíamos garantizado, no tenía el cereal comprometido y tuvimos que hacernos cargo nosotros. Todo eso ocurrió en un contexto de rentabilidad muy baja para el sector.
¿Y en lo personal cómo atravesaste ese momento?
Siempre fui para adelante. Creamos la empresa, desarrollamos el campo y seguimos avanzando.
¿Es cierto que a los 15 o 16 años ya habías hecho tu primer negocio?
Sí. Siempre me gustó mucho el campo y la ganadería. Con la complicidad del capataz del establecimiento me fui, sin decir nada en mi casa, a una feria en Pujato, de Aguirre Vázquez. Allí compré 14 novillitos. Todavía conservo la boleta. Siempre doy ese ejemplo porque fui yo, con 14 o 15 años, compré los animales, los pagué y me hicieron la factura. En aquella época nadie me pidió un trámite de Senasa ni nada parecido.Engordé esos novillos casi clandestinamente en el campo y después los vendí. Ese fue mi primer negocio.
¿Qué sentiste cuando concretaste esa primera compra? ¿Qué despertó en vos?
Siempre tuve un perfil muy comercial. En el colegio llevaba bolitas y otras cosas para vender. Además me apasionaba estudiar la producción agropecuaria. Me encantaba leer sobre maíz, trigo y todo lo relacionado con el campo. Leía mucho los libros del INTA y la revista Chacra. Siempre me gustó producir. También tuvimos nuestros vaivenes. En un momento armamos una empresa llamada Proella Río Paraná S.A. dedicada a gallinas ponedoras. Llegamos a tener unas 20.000 aves. El objetivo era integrar la empresa mediante la venta directa de huevos. Después de seis o siete años desarmamos el proyecto porque era un negocio muy difícil de sostener en la Argentina. Había mucha informalidad y exigía una dedicación permanente.
¿Hubo personas o momentos que marcaron tu personalidad?
Sí. Hubo un momento muy importante. Cuando tuvimos aquel problema financiero con un acopiador de Córdoba, que había vendido una gran cantidad de cereal respaldado con cartas garantía nuestras y después no tenía el cereal, prácticamente de un día para otro nos encontramos con una crisis enorme. En ese momento trabajaba conmigo Guillermo Llovera, que además había sido profesor mío. Era gerente de la empresa y un gran amigo. Recuerdo que le dije: "Dentro de cinco años tenemos que poder decir: qué suerte que nos pasó esto". Yo hago una comparación con el aikido. No puedo cambiar la realidad, pero sí puedo aprovechar lo que ocurrió para mejorar y hacer los cambios necesarios. Estoy convencido de que, si no hubiese atravesado esa crisis, nunca habría llegado a donde llegué. Durante cinco años vivimos una etapa muy dura. Reuní a toda la familia, rompimos las tarjetas de crédito y dije: "No hay crédito. Si no hay plata, no hay nafta". Fue una economía de guerra. Por eso entiendo muchas de las decisiones que está tomando hoy el Presidente. La principal enseñanza fue aprender a decir que no. Cuando algo no te convence, hay que decir que no. Cuando a uno le va mal, está solo. Salís adelante con los más cercanos y después también lleva tiempo recuperar la confianza y el crédito. A mí todo eso me fortaleció. Lo que no te mata, te fortalece. Es difícil decir "qué suerte que me quebré un brazo", pero, en la práctica, aquella crisis fue algo que me hizo crecer. Arranqué con 19 años y después desarrollé muchas actividades. Soy una persona a la que le gusta transformar y crear riqueza. También sufrí mucho desde lo ideológico. Mi libro de cabecera es La rebelión de Atlas, de Ayn Rand. Los "Atlas" son las personas que mueven el mundo y que, en un sistema colectivista y saqueador, terminan sintiéndose oprimidas. Muchas veces, especialmente durante los últimos años, el contexto desalentaba la inversión. Uno sentía que, si creaba riqueza, estaba alimentando al mismo sistema que después se la iba a quitar. Era como darle plata a un hijo para que compre droga. Eso desalentaba las ganas de invertir. Por eso creo que el sistema actual puede volver a motorizar el sector productivo y hacer que triunfe quien hace las cosas bien y no quien es amigo del poder.
Entonces, ¿invertir durante el kirchnerismo era como darle plata a un hijo para que compre droga?
Desde mi punto de vista, totalmente. Era crear riqueza para que después la usaran en tu contra. Nosotros sobrevivimos y nos mantuvimos estables, pero no tenía motivación para invertir. Lo digo desde una mirada muy ideológica.
¿Siempre pensaste así? ¿Cómo te definís ideológicamente?
Libertario. Ciento por ciento objetivista.
¿También en los aspectos humanos?
Sí. Soy muy individualista. Creo en el individuo. Trabajar en equipo es muy bueno, siempre que todos compartan un mismo objetivo. No estoy de acuerdo con que el grupo sacrifique al individuo en beneficio del grupo. Los derechos individuales no están sometidos a votación. Además, el progresismo cambió muchas palabras. Transformó la caridad en un derecho. Entonces alguien dice: "Tengo derecho a una casa". Muy bien. ¿A costa de quién? Siempre que un político promete algo hay que hacerle dos preguntas: ¿cómo lo va a hacer? y ¿a costa de quién? ¿Con qué recursos lo va a financiar? ¿A quién le va a sacar?El Estado no produce riqueza. Tiene que ser chico. Debe garantizar justicia, seguridad y, parcialmente, educación. Después tiene que dejar que el individuo crezca. Está claro cuáles son los países que progresaron y cuáles no.
Hiciste público tu apoyo a Javier Milei. ¿Cómo evalúas su gestión?
Creo mucho en Milei. No pertenezco a ningún partido político ni tengo aspiraciones políticas. Simplemente estoy convencido de que quiere hacer las cosas correctamente y con honestidad. Su gran objetivo es convertirse en el primer presidente libertario del mundo que aplique con éxito las ideas de la libertad. Creo que va a ser reelecto. Y espero que así sea, porque si no perderíamos una oportunidad única e irrepetible. Hoy tenemos un presidente que representa las ideas de la libertad. Además está acompañado por un contexto internacional favorable, con Donald Trump en Estados Unidos y figuras como Elon Musk. Creo que ese grupo está ayudando a corregir el rumbo del mundo y también el de la Argentina. No lo digo solamente por una cuestión económica. Tengo cuatro hijos y tres nietos. Quiero que vivan en un país donde la gente sea más feliz. Cuando una sociedad tiene posibilidades de trabajar y progresar, vive mejor. Por eso trato de inculcarles permanentemente la cultura del trabajo. Siempre les doy un ejemplo. Yo puedo regalarte un televisor de 75 pulgadas para ver un Mundial. Pero si vos comprás con tu propio esfuerzo un televisor de 40 pulgadas, lo vas a disfrutar mucho más, porque es el resultado de tu trabajo. Filosóficamente, el dinero no es más que un medio para intercambiar bienes y servicios creados por la virtud de las personas. En una isla desierta, diez mil dólares no sirven para nada. Por eso estoy en contra de la distribución de la riqueza. Estoy a favor de distribuir la cultura del trabajo y la libertad para que cada uno pueda desarrollarse. No somos todos iguales. Esa es la realidad.
Si tuvieras a Milei sentado frente a vos, ¿qué le recomendarías?
Siempre hay cosas para mejorar. Pero darle consejos a un presidente que conoce hasta dónde puede avanzar no es sencillo. Vivimos en un sistema donde las leyes dependen del Congreso y hoy no tiene las mayorías necesarias. Por eso muchas reformas son las posibles y no las ideales. Hay que seguir avanzando. Son muchos años de estructuras armadas alrededor de un Estado que vivió de la parte productiva de la Argentina. Hay que achicar el Estado. No tengo dudas. Después veremos cuál es el mejor camino. Puede haber personas con las que yo no esté de acuerdo dentro del espacio, pero también entiendo que cuando uno crea algo nuevo inevitablemente incorpora gente que viene de otros lugares. Lo importante es evitar a los oportunistas. Todavía la casta política y también parte de la dirigencia empresaria tienen mucho peso. Muchos grandes empresarios hicieron su fortuna gracias a regulaciones o vínculos con el poder. Eso es lo que hay que cambiar. No es fácil porque hay mucho poder en juego. También es fundamental que la sociedad acompañe. En 2027 la gente deberá ratificar este rumbo para que los inversores sigan creyendo que la Argentina mantendrá este camino. Nadie invierte en un país donde cambian las reglas permanentemente. La credibilidad se pierde en un día y lleva muchos años recuperarla. Estoy convencido de que esta es una oportunidad histórica.
Antes hablabas de las individualidades. ¿Cómo te llevás con las entidades gremiales? ¿Participaste en la Sociedad Rural Argentina?
Sí. En general trato de no dedicar demasiado tiempo a ese tipo de actividades. Participo cuando veo dirigentes que valen la pena o políticos que considero valiosos y siento que merecen apoyo. Ingresé a la Sociedad Rural Argentina durante el conflicto por la resolución 125. Me sentía identificado con el planteo de aquel momento. Fui delegado por Rosario durante varios años, pero después la entidad cambió. Los dirigentes dejaron de ser, en muchos casos, productores y pasaron a responder a otros sectores. Se politizó demasiado. Yo tuve diferencias con una directora de Santa Fe, que provenía del peronismo, y no me gustó cómo trataron a quienes veníamos trabajando como delegados. Cuando hubo renovación de autoridades ni siquiera nos comunicaron que no continuaríamos. Entonces decidí renunciar.
¿Eso fue durante la gestión de Nicolás Pino?
Sí, durante la gestión de Pino. En la Sociedad Rural, cuando hay elecciones, cesan automáticamente directores y delegados para renovar la estructura. En Santa Fe varios no fuimos ratificados simplemente porque no le gustábamos a la conducción. Preferí dar un paso al costado. Hoy sigo viendo conflictos internos dentro de la entidad y creo que las organizaciones rurales, en general, no están representando al productor. Por eso también participé en la segunda etapa de los autoconvocados, con varios de los cuales mantengo una muy buena relación. Actualmente acompaño como socio a la Sociedad Rural de Rosario y también participo en algunas instituciones de Funes cuando considero que quienes las conducen representan ideas con las que me identifico. De las cuatro entidades, probablemente CRA sea la que más me representa, pero ninguna expresa plenamente lo que piensa el productor.
En un momento decidieron destinar parte del campo al desarrollo que terminó siendo Kentucky. ¿Qué balance hacés hoy de ese proyecto?
Kentucky es nuestra joya, nuestro emprendimiento insignia. Tiene 248 hectáreas, cancha de golf y una característica muy particular: solamente el 40% de la superficie corresponde a lotes; el otro 60% está destinado a espacios verdes y recreativos. Además lo administré durante 23 años, hasta hace tres, con una filosofía bastante libertaria. Siempre entendí que la administración debía limitarse al mantenimiento de los espacios comunes y la seguridad, sin subsidiar actividades privadas. Si alguien quería un servicio de transporte, por ejemplo, y era económicamente viable, se facilitaba que un privado lo prestara, pero no me parecía correcto que todos pagaran el transporte del personal doméstico o del profesor de gimnasia de algunos vecinos. Mi criterio siempre fue que el que usa un servicio debe pagarlo. Esa forma de administrar, sumada al cumplimiento estricto de las reglas, hizo que Kentucky mantuviera expensas razonables en relación con los servicios que ofrece. Creo que eso explica que todavía hoy sea uno de los desarrollos residenciales más importantes y prestigiosos de Santa Fe.
También influyó que Lionel Messi eligiera vivir allí. ¿Cómo fue esa historia?
Messi siempre tuvo vínculo con Rosario. Cuando todavía jugaba en Barcelona y vino al país durante una recuperación por una lesión, conoció Kentucky. Incluso tengo una foto con mis hijos cuando él caminaba por el barrio. Ya era una figura, aunque todavía no la dimensión mundial que tiene hoy. En esa oportunidad entrenó acá con un preparador físico del Barcelona y conoció las instalaciones. Tenemos una cancha de fútbol de primer nivel y eso también le gustó. Después, como parte de su familia venía a Rosario todos los fines de año, nosotros le conseguíamos una casa para alquilar durante unos quince días. Con el tiempo decidió comprar un lote, construir su casa y desde entonces suele venir cuando pasa las fiestas en Rosario.
¿Cómo fue el momento en que regresó después de salir campeón del mundo?
Me tocó vivirlo como administrador del barrio y fue uno de los momentos de mayor responsabilidad que tuve. Trabajamos coordinadamente con la Policía porque sabíamos que iba a venir y había muchísima expectativa. Yo pensaba que podía pasar algo parecido a lo que había ocurrido en Buenos Aires con los festejos. Finalmente todo salió muy bien. Se organizó un operativo, llegó en helicóptero, aterrizó en la cancha de golf y la gente lo recibió con muchísimo respeto. Messi siempre fue una persona muy sencilla, muy abierta, sin grandes despliegues de seguridad. Para nosotros fue un orgullo enorme tenerlo en Kentucky.
¿Alguna vez hablaste con Messi sobre inversiones o sobre el campo?
No. Yo siempre fui muy cuidadoso con eso. Tengo alguna foto con él, pero nunca aproveché el hecho de ser administrador del barrio para sacar una ventaja personal. Ni siquiera tenía un lugar reservado para estacionar mi auto. Siempre pensé que el ejemplo debía empezar por uno mismo. De hecho, cuando volvió después del Mundial ni siquiera fui a recibirlo al helicóptero para sacarme una foto. Podría haberlo hecho, pero no me gusta. Nunca me gustó usar un cargo para hacer algo que los demás no pueden hacer. No es mi forma de ser.
Para ir cerrando. ¿Hay algún consejo que te haya marcado o alguno que hoy darías?
Mi padre falleció cuando yo era muy joven, así que en gran medida fui un self made man. Más que un consejo recibido, tengo una forma de enfrentar la vida. Si uno tiene convicciones, tiene que ir para adelante y no dejar que el miedo lo paralice. Si te caés, te levantás, porque lo que no te mata te fortalece. También hay que ser objetivo. Yo me defino como objetivista porque creo que las decisiones deben tomarse sobre la base de la realidad y no de los deseos. Uno puede querer muchas cosas, pero si la realidad dice otra cosa hay que aceptarla. A veces eso hace que no seamos simpáticos, porque decimos las cosas de frente. Creo que Javier Milei también tiene esa característica. Uno de los autores que más siguió fue Ayn Rand, la autora de La rebelión de Atlas. Los Atlas representan a quienes sostienen el mundo con su trabajo. Incluso el logo de mi cabaña se llama La Rebelión y muestra un toro sosteniendo el mundo sobre el lomo como una referencia directa a ese libro.
¿Qué huella te gustaría dejar?
Hace un tiempo me invitaron a dar una charla en la Universidad Austral sobre el espíritu empresario para alumnos de quinto año de Administración de Empresas. En esa presentación mostré cómo evolucionó Funes a lo largo del tiempo y, en un momento, aparecía la imagen de la huella del hombre en la Luna, que después se transformaba en una vista aérea del Kentucky Club de Campo tomada desde Google Earth. Esa es la huella que me gustaría dejar. Uno no se lleva lo material; lo que queda es lo que construyó. Yo puedo estar en cualquier lugar del mundo, mirar esa imagen y decir: "Eso lo hice yo". Después vinieron otros desarrollos, más proyectos y muchas cosas más, pero esa es mi huella. También quiero dejarles esa forma de pensar a mis hijos. Hoy trabajan conmigo los cuatro y ya tengo tres nietos. Mi mayor desafío es transmitirles esos valores y esa manera de entender el trabajo, la libertad y la responsabilidad. Quiero hacer todo lo posible para que ellos vivan en una sociedad mejor, no solamente desde lo económico, sino rodeados de personas que puedan desarrollarse, progresar y vivir más felices.
Fuente: news.agrofy.com.ar

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