

Poda o daño irreversible: el maltrato silencioso del arbolado urbano
Darío Fariña


POR BELEN ROSINI (*), EXCLUSIVO PARA CAMPOINDUSTRIA. Con la llegada de la temporada de poda, en las veredas de nuestra ciudad (Olavarría) se observan prácticas inadecuadas que dañan el arbolado urbano. Cada año vuelve el mismo debate: ¿se trata de una práctica necesaria o de una intervención perjudicial para los árboles?.
El crecimiento del arbolado urbano está condicionado desde el momento mismo en que se planta. En veredas y espacios reducidos los árboles enfrentan limitaciones que no tendrían en su ambiente natural, lo que muchas veces deriva en la necesidad de podarlos. Sin embargo, no todas las intervenciones son correctas.

Los beneficios que aportan son indiscutibles. Además de embellecer la ciudad, los árboles brindan sombra, ayudan a reducir la temperatura en verano y permiten el ingreso del sol en invierno al perder sus hojas. También funcionan como refugio de aves e insectos, retienen polvo en suspensión y amortiguan tanto el viento como el ruido urbano.
Existen distintos tipos de poda que responden a objetivos específicos. La llamada poda de formación se realiza en las primeras etapas de crecimiento y busca orientar la estructura del árbol.

Por ejemplo, elevando las ramas para evitar interferencias con peatones o vehículos. Por su parte la poda de mantenimiento se aplica sobre ramas enfermas, dañadas o que generan conflictos con el cableado o el tránsito.
De todos modos, lo ideal es intervenir el arbolado lo menos posible. Cada corte representa una herida y una fuente de estrés para el árbol. Cuando la poda es inevitable, el momento adecuado es durante el reposo invernal, una vez que el ejemplar ha perdido sus hojas.

Realizarla hacia fines del invierno, cerca del período de brotación, favorece una cicatrización más rápida.
Uno de los principales problemas es la práctica conocida como “mutilación” o poda corta. Consiste en dejar muñones con el objetivo de reducir el tamaño del árbol o evitar inconvenientes con la infraestructura urbana.
Lejos de ser una solución esta técnica genera brotes descontrolados, debilita la estructura del árbol y aumenta el riesgo de caída de ramas. Además, obliga al ejemplar a utilizar sus reservas de energía, lo que puede derivar en su deterioro progresivo e incluso en su muerte.

Para evitar estos daños, la poda debe ser realizada por personal capacitado, respetando la forma natural de cada especie. También es fundamental utilizar herramientas adecuadas, bien afiladas, que permitan cortes limpios sin desgarrar la madera.
El cuidado del arbolado urbano no sólo depende de intervenciones correctas, sino también de una adecuada planificación al momento de plantar. Elegir la especie apropiada para cada espacio es clave para reducir conflictos futuros.

En definitiva, proteger y mantener en buen estado los árboles de la ciudad es una tarea compartida. Su presencia no sólo mejora el paisaje urbano, sino que también contribuye a una mejor calidad de vida para toda la comunidad.
(*) Belén Rosini es ingeniera agrónoma. Está al frente de la empresa Agronomía Olavarría y también es docente de la Facultad de Agronomía de Unicen.

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