

Ignacio Cabo: arrancó bien abajo, se formó en Casamú de la mano de su tío Carlos Sackmann y hoy camina solo con su cabaña Amancay
Darío Fariña




POR DARIO FARIÑA. Nació en Capital Federal, en pleno barrio de Palermo, Aunque hace 15 años que vive en San Antonio Areco (cuando se casó con Delfi), al norte de la provincia de Buenos Aires. 42 años. Médico Veterinario recibido en la UBA. Su nombre, Ignacio Cabo, está ligado a Casamú, la histórica cabaña Angus de su tío Carlos Sackmann, más allá que luego él creó su propia cabaña llamada Amancay.

Así se presentó “Nacho”, el esposo de Delfina Pazzaglia (38) y padre de Silvestre (6) e Indalecio (3) –“son dos atorrantes”, dice-; también es el hijo de Horacio Cabo (médico dermatólogo) y Celia Braceras, y el hermano de Dolores, Angeles, Felicitas, Esteban y Joaquín. El es el cuarto de la fila.

Ignacio Cabo fue el jurado de clasificación de la primera jura de la tercera edición de la Prueba Pastoril Bonaerense, que se llevó a cabo el miércoles 7 de abril en la cabaña La Soñada, de los productores olavarrienses María Ester Cier y Alberto Alem. Fue el encargado de jurar a los 53 toros.

Después de un trabajo exigente, pero que lo hizo de manera ágil y expeditiva, sin muchas vueltas, con palabras directas y sin dudar demasiado, Ignacio habló con campoindustria.com para que contara un poco más de su vida.

Para conocer algo más de este muchacho que anda por el metro ochenta, que es amable por donde se lo mire y que va escribiendo más páginas en el libro de su vida.

¿Ignacio, después que te recibiste a dónde fuiste a trabajar para formarte?
Me recibí y, como soy sobrino de Carlos Sackmann, quien fue el dueño de Casamú, fui por ese lado. Carlos fue una eminencia del ambiente ganadero. El era mi tío político. Yo durante mi secundaria y la facultad me iba en los veranos y las vacaciones de invierno a trabajar con él. Me formé muy adentro del riñón de Casamú y cuando me recibí, él estaba activo, vigente. Al día siguiente de recibirme agarré mi Renault 9 y me fui a Casamú. Le dije: “bueno, ¿qué hago?”, y me mandó a trabajar con un socio. El llegó a atender 180.000 vacas, con 8 veterinarios, era una locura. Pero me mandó con un socio, Daniel López -quien también falleció, mi tío también- así que yo empecé a trabajar con Daniel, quien se había quedado con los clientes del norte del estudio que tenía, del estudio Sackmann.

¿Dónde fue?
Empecé a trabajar en Corrientes, Chaco, Formosa, y mucho en Paraguay. Trabajé como un año y medio. Feliz, estaba espectacular, pero el tema era que me iba 40 días, volvía 1, me iba otros 40 y volvía 1, así que dije “bueno, o sigo o me divorcio”. Así que vuelvo a hablar con Carlos. Casamú está en la Ruta 9 kilómetros 115, partido de Zárate. Y ahí Carlos me contactó con Alberto Guil. Yo me fui a trabajar ahí, a Delfinagro, a vivir en La Larga, a la estancia Santa Clara. Viví como un año y pico ahí. Todo de primera, Delfinagro es una empresa espectacular. Justo Carlos enfermó y me llamó Juan, mi primo, para que vaya a trabajar a Casamú con él, a darle una mano. Yo sabía todos los secretos, digamos, de la cocina de Casamú.

¿Qué hiciste entonces?
Ahí me quedé trabajando, esto fue hace ya como 15 años. Carlos empezó a recuperarse de la enfermedad, tenía idas y vueltas, y cuando estaba bien me terminó de formar y de enseñar todo. Después él ya falleció, hace 8 años, pero yo seguí con todo el proyecto de él en Casamú, lo seguí hasta el día de hoy.

¿Hoy dónde estás?
Hace dos años renuncié como director y tuve la suerte de poder elegir unas vacas de Casamú y empecé con una cabaña mía, que se llama Amancay, que la tengo en Carmen de Areco, con esas 50 vacas que yo elegí del plantel de Casamú. Y hoy estoy con esa cabaña mía pero con Casamú como cliente, ya que soy asesor genético, y otros 3 o 4 clientes más, pero más más que nada enfocado en mi cabaña y al asesoramiento de Casamú.

Se te nota que sos un apasionado por lo que hacés…
Sin dudas. Es así. Ahora colmo, pese a la falta de tiempo, por una cosa y la otra entré en la Asociación Argentina de Angus. Primero entré en la Comisión Técnica, se dieron un par de cosas y agradezco la confianza que me dio Alfonso Bustillo que me delegó la coordinación de la Comisión Técnica y también me pusieron en la comisión directiva. Así que si me faltaba tiempo ahora me puse a laburar un rato para Angus que lo hago encantado de la vida, la verdad que es un placer.

Pero tu señora te siguió…
Sí, sí. Me perdona por ahora, jajaja.
¿Es la primera vez que hacés de jurado en la Prueba Pastoril Bonaerense?
En la Bonaerense, sí. Pero ya juré en la de Córdoba y en la de Entre Ríos el año pasado.

¿Cómo la viste, qué evaluación hacés de esta jura fenotípica?
Muy bien, la verdad que muy bien. Te cuento un poco de lo que dije apenas terminó. Impresionante el estado de los toros para lo que fue la sequía del verano, son toros que están recién llegados con lo que significa juntar 53 toros de 25 campos distintos. Pasa que llegan y se matan, se pelean, no comen. Entonces no es fácil a los dos meses de haber iniciado la prueba. A ver, está la ganancia de peso, ya que estaba arriba de los 800 gramos por día, son toros muy, muy bien logrados. Para hacer la primera jura, la verdad que si siguen así van a llegar espectaculares.

¿Te sorprendió de alguna manera que estuvieran así?
Sí, sí, me sorprendió para bien. La verdad que muy bien, se puede hacer un buen laburo. Yo fui comentando durante la jura, trato de poner mi sello, mi visión, que es buscar ese animal bien funcional, bien rentable, y en eso me orienté. Es decir, buscando aquellos toros que se habían adaptado mejor al planteo pastoril, que habían tenido las máximas ganancias, que a su vez estaban bien pelechados, o sea mostrando presencia de testosterona. Un testículo bien funcional, o sea toros que ya estaban bien en la pubertad, que así tiene que ser, porque son toros de 18/20 meses, y al mismo tiempo buscando esos animales de buenos movimientos, con buenos aplomos, bien estructuralmente, sin ningún tipo de problema.

Lo fenotípico, clave por supuesto…
Obviamente, fenotípicamente lo más atractivo posible, con buena profundidad, con buena musculatura, con linda cabeza. Todo lo que ya empiezan a mostrar su precocidad, su facilidad para depositar grasa. Es decir, teniendo en cuenta un montón de características que son las que yo puedo, digamos, con un bastoncito en la manga elegir a ojo. Por supuesto, hay un mundo atrás en lo que es rentabilidad, cosas que yo por ahí no puedo apreciar como gestación, facilidad de parto, peso de vaca adulta aunque eso en realidad sí, porque a los toros muy grandes por ahí sí los castigué. Esos toros que yo imagino que por ahí se pasan de desarrollo. Después un poco también lo que es carcasa, fertilidad un poco sí, vi el pelo. Pero tratando de ser lo más completo posible en el trabajo, en buscar un buen reproductor rentable.

Y moderado…
Sí, moderado. La moderación hace la rentabilidad, o sea bien funcional, que sea un toro que después pueda cumplir con todos los objetivos de ser pastoril y al mismo tiempo poder dar un buen ternero, que desarrolle, que crezca, que con eso se pueda hacer un novillo de exportación o un novillo consumo interno. Esa plasticidad que es característica del Angus y que no hay que perderla. El Angus es eso, lo decía mi tío Carlos Sackmann: el Angus es un cheque al portador. O sea, vos lo encerrás y lo tenés ahí. Cuando querés, lo engordás más, menos, lo llevás y lo vendés. Y esa facilidad, esa plasticidad, todo eso no hay que perderlo de vista sumado a las características maternales de la raza y a la calidad de la carne. Yo creo que son las 3 cosas que la hacen famosa a la raza y que tenemos que seguir teniendo en cuenta, seleccionando y, obviamente, acompañando con linda cabeza, con buena estructura, con buen pelo, con buen tamaño, pero teniendo una visión bien completa, bien holística del animal.

¿En tu familia había veterinarios?
No. Mi viejo (Horacio Cabo) es un exitoso, exitosísimo médico dermatólogo. Es un crack en lo que hace, y yo el mundo del campo lo conocí por Carlos Sackmann, mi tío político, nada que ver, y ahí está mi vínculo con el campo. Así que, de alguna manera, empecé bien de abajo, y de hecho siempre cuento que la primera vez que lo llamé a Carlos para ir a trabajar a Casamú, si bien había ido desde muy chiquito, pero la primera vez que fui formalmente a trabajar me dio una mochila y me mandó a fumigar todas las acacias negras de menos de tres metros de altura en no sé cuántas hectáreas de bañado, así que a la espalda la tenía como un garrote y la cabeza también. Pero así arranqué, bien de abajo.

Próximos remates



































